Ante la impenetrable soledad de mi ser,
cuyo destino se mece sobre el filo
de una buena copa de vino;
mi cuerpo respira , cual caldera de vapor,
el odio mismo de un hombre
ante la negación de una mujer.
Pues la mujer, en cuyo cuerpo
encontramos el fin último
de nuestra existencia,
no es más que la razón misma
de la limitada acción de mi ser.
Cual fragil hoja al viento,
mi cuerpo ante su mirada,
mi ser a su pensamiento,
pido a Dios, que siempre justo,
no quite de mi camino
tu luz que ciega mi mirada
y que alumbra mi alma.
Odín Nuevo
viernes, 20 de febrero de 2009
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